24 febrero 2015

Ayre, la emoción.





...Le gustaba montar a caballo y pasar el tiempo con Ayre, con esos ojos grandotes que le pegaba toques con su cabeza para saludarla y empujones con su hocico...

Ella y Ayre llevaban años juntos. Siempre que ella llegaba, Ayre hacía rato que la esperaba en la cuadra, entre curioso e inquieto.

Siempre que necesitaba, se perdía por aquella montaña y se llevaba un poco de agua y unos frutos secos para poder pasar muchas horas. Se llevaba el ruído en su cabeza para invitar al silencio.

Ayre la ayudaba, siempre, a recobrar el aquí y ahora casi de inmediato mientras su cuerpo de mujer iba soltando todo el dolor, la tensión, la tristeza, la rabia con la expresión. El, con su gesto, la golpeaba el abdomen, le acariciaba el pecho mientras andaban, ayudándola a vaciarse... y exclamaban juntos...

Con él había paseado, trotado, bailado, saltado, brincado hasta quedar exhaustos. Ella sabía cómo cuidarlo y él se sentía protegido, seguro y podía confiar... Ambos se querían y se sentían.

Un día, los vi entre montañas y me parecieron salidos de un cuento, de la magia, como si la vida me estuviera gastando una broma a través de tanta sencillez y belleza...

La misma hermosa broma que me gasta siempre cuando mi emoción está bien acompañada por mi, desde mi traje de mujer, en este juego de la Gran Matrix que es la Vida.

Como Ayre, hoy precibo la emoción, creada para vibrar...